jueves, 14 de abril de 2011

CACERIA URBANA

Buenas tardes gente, tanto tiempo, estoy de vuelta, y mientras esperamos al cazador de nuestra tierra les traigo otro policial. Nuevamente el oficial Garcia como protagonista de esta historia, en esta ocacion, debe encontrar a quien mato unos chicos a la salida de una bailanta, bueno, espero lo disfruten.


      
    Siendo las 3 de la mañana, la ciudad iluminada por las luces de las marquesinas de los negocios, los semáforos, incluso la de las calles, sobre todo estas últimas que se mostraban prácticamente desoladas, desabitadas, carente de vida, imagen que era interrumpida por algún sonido muy característico de una ciudad por momentos agitada, como es el de algún bocinazo sonando a lo lejos, bien podría decir que a esta hora todo está tranquilo. Sentado en mi auto, jugando con el encendedor, espero paciente que la muchachada que sale del baile, lo haga lo más tranquila posible, desde donde estoy me llega el sonido del boliche, hoy cumbia, nunca me gustó mucho esa música, sobre todo la bautizada como “cumbia villera”, si se la puede llamar así, para mí es una cagada, sobre todo por que la mayoría de las veces, donde se escucha, trae de la mano uno que otro quilombo y eso casi siempre termina con algún fiambre tirado en medio de la calle..
    —Bueno, ya están saliendo—susurro, mientras enciendo un cigarrillo viéndolos muy fijo—la verdad no se para que mierda me mandan a vigilar a estos “futuros delincuentes”, se matan y los matan como animales y nadie hace un carajo.
    Observándolos como algunos putean, se empujan, otros en cambio deciden marcar su territorio como animales, meando en las ruedas de los autos estacionados, (menos mal que estacioné enfrente), en ese momento suena la radio.
    —García ¿me copias?, espero no te hayas dormido, ¡¡GARCIAAAA!!—mi jefe, como siempre a los gritos y al parecer, tampoco dormía.
    —Lo copio jefe, no hace falta que grite, ¿acaso piensa que todos somos sordos?—le respondo mientras hago círculos con el humo del cigarro.
    — ¿Por donde andas?—me dice, un poco más sereno, pero igualmente firme.
    —En Santa Fe y Oro, frente a la bailanta, ¿se acuerda que me mandó a este rincón de la ciudad, en razón de escarmiento? —le digo con ganas de irme a descansar, por que a mi pensar ya había dado por cumplido el escarmiento impuesto―y todo, simplemente por atar a un sospechoso al paragolpe trasero de mi auto.
    Mientras mantenía una muy educativa conversación con mi jefe, aunque en realidad trataba de convencerlo de que me permita retirarme a descansar, se oye el estruendo de 4 disparos que venían del callejón pegado al boliche.
    — ¡La puta madre!, ¿ahora que? Acá el oficial García, número de placa 21543, reportando un 6020, repito un 6020, envíen ambulancias y refuerzos, Santa Fe y Oro Palermo— dije, arrojando el cigarrillo— Lo dejo jefe, cagueme a pedos después, ahora tengo que ver que mierda pasa—le dije y lo dejé hablando solo, mientras sacaba mi arma y corría al callejón.
    Acercándome al lugar, arma en mano y con mucha cautela, busco con la mirada el lugar desde donde pudieron provenir las cuetazos. Me asomo al callejón y avanzo pegado a la pared que da al boliche, a medida que lo hago, indico con señas de manos a la gente para que despeje el lugar, pero hay una multitud de personas y la mayoría eran pendejos, que al estar dominados por el pánico corren hacia todas direcciones, algunos incluso hacia mí como es el caso de un jovencito, que sin dejar de mirar hacía atrás, tropieza conmigo, era un muchacho muy flaco de tez trigueña, sostenía una campera con su mano derecha, llevaba puesta al revés una gorra color negra, que hacía juego con su remera blanca 3 talles más grandes y completando su atuendo, un pantalón a los que llaman “cagado” negro.
    ―Pibe ¿Qué paso?, ¿sabes algo? ¿Viste algo?—le grito, tratando de agarrarlo, evitando que se escabulla en el tumulto.
    ―Yo no se nada… no vi nada… Yo solo fui a mear, escuché los tiros y salí corriendo― me dice, nervioso el muchacho, mirando hacia atrás ― sino me cree pregúntele a cualquiera, déle, pregúntele a cualquiera.
    Miro a la multitud buscando a quien más preguntar y al no encontrar a nadie que se detenga dos segundos para escucharme, me incliné nuevamente por el chico que tropezó conmigo, quise preguntarle alguna cosa más, pero había desaparecido. Trato de encontrarlo mirando a ambos lados del callejón, pero era tal el mundanal de gente, la mayoría curiosos, que me era imposible encontrarlo.
    Una vez que el callejón quedó despejado, camino en dirección al lugar de donde se produjeron los disparos, topándome con un cuadro realmente desastroso, los cuerpos de 3 muchachos de no más de 15 años, cada uno con un disparo en la cabeza. Me quedo parado con mi libreta en la mano tomando anotaciones, luego, mientras espero a la ambulancia, examino la ropa de cada una de las victimas, buscando alguna identificación, drogas o algo que ayude con el caso, pero nada, camino alrededor de los cuerpos en busca del cuarto disparo, detalle que tampoco encuentro.
    ―No estoy loco, escuché muy claro 4 disparos, 3 de ellos dieron en el blanco pero ¿Dónde pego el cuarto?—pienso, mientras examino las paredes del callejón buscando alguna marca de impacto, en ese momento escucho llegar 2 patrulleros junto a la ambulancia, detrás de ellos, y a una buena distancia, llega el auto con el forense.
    ―Hola García ―me saluda Gustavo, pasando cerca mío y como siempre, con algo que masticar― antes que nada, siento mucho lo de tu compañero, se que se conocían desde hace tiempo
    ―Hola Gustavo―le respondo, encendiendo otro cigarro― si es una pena, pero todos sabíamos que ese hombre no estaba bien, bueno dale, llevate a estos y nos vemos en la morgue.
    Los camilleros dirigidos por Gustavo agarraran los cuerpos, los meten cada uno en una bolsa, luego con pocas ganas los arrojan en la ambulancia, como si se trataran de  bolsas de papas. Entretanto, reojeo en mi libreta lo datos que pude obtener de la billetera, como también la cantidad de dinero que saque de los bolsillos, detalle por el cual descarté que el ataque fue un robo.
    Mientras camino a lo largo del callejón, tragando largas bocanadas de humo, descubro al otro lado de la calle, en una de las paredes alejada de donde se encontraron los cuerpos, una mancha de sangre. Me acerco y veo que tiene la forma de una mano, también hay gotas en el suelo, las sigo y me guían hasta un sector de la calle muy alejado de donde pasó todo, camino unos pasos más intentando saber si las gotas llegaban hasta la vereda de enfrente, sin embargo me equivoqué.
    ―Todo esto tiene pinta a ajuste de cuentas—Pienso agachado junto a la última gota de sangre― O el asesino se subió a un auto que lo esperaba o el que se escapó, agarró el primer auto que se le cruzó, y lo abordó.
    Esta y otras cosas se me cruzan por la cabeza, mientras observo desde el medio de la calle, el lugar donde estaban los cuerpos. Vuelvo al lugar donde estuvieron los cadáveres, ahora solo hay siluetas marcadas con tizas, observo trabajar a la policía científica, quienes con mucho cuidado juntan pruebas, buscan huellas y demás, veo otras marcas de tizas, círculos alrededor de las 4 capsulas, únicos testigos fieles de los disparos.
    ―Pero ¿será posible?― susurro mientras apago el cigarro― 4 disparos, 3 muertos, un tipo que se va o huye herido en medio del quilombo de gente, pero nadie ve una mierda y otra vez las 4 cápsulas, algo no cierra, carajo.
    Entré en mi auto con la idea fija de ver si Gustavo pudiera darme alguna pista más concreta. Después de recorrer las calles de la capital, pensando en el cuarto disparo, llego a la central de policía, una vez dentro, me dirijo a la sala de autopsias pudiendo ver a Gustavo y sus manos rápidas quedarse con el reloj de un “cliente” que hacía poco había llegado.
    ―Buenos días Gustavo—le digo mientras contemplo como le daba cuerda a su nueva adquisición― espero que cuando me llegue la hora, nunca caiga en tus manos, tengo una emplomadura que me gustaría llevarme a la tumba.
    ―Jajajaja, buen chiste García―me responde Gustavo acompañado de una risa sarcástica―no te preocupes, a vos nunca te haría nada.
    ―ok, te creo… ahora contame lo que tenes acerca de los 3 muchachos del callejón―le digo.
     ― Bueno, esta bien, sabía que no viniste a hablar de mis adquisiciones―dijo Gustavo agarrando una carpeta que se encontraba sobre uno de los cuerpos― te comento que los tres chicos vienen de la villa 31, pertenecen a una “pandilla”, es raro verlos por Palermo, con respecto al arma que los quemó, puedo decirte que fue una 9mm, otro detalle para mencionar, es que al momento de morir todos estaban realmente asustados, ya que mearon en los pantalones, la verdad García, tenes un caso groso entre manos.
    ―Algo más, ¿marcas, tatuajes o algún otro rasgo significativo?—le respondo con insistencia― ¿y por que decís que tengo un caso groso? por que para mi…no se, parece más que nada un ajuste de cuentas.
    ―Acercate, observá la muñeca izquierda, todos sabemos que significan esos puntos, bueno, los tres presentan la misma marca—Me comenta a la vez que me muestra la muñeca de los tres occisos.
    ― Si, es una marca característica de los que estuvieron en institutos de menores o aquellos que se sintieron acorralados por la policía antes de entrar a los institutos, los puntos eran cinco y se los llama “el dado”―le respondo, como si fuera un cadete dando examen.
    Mientras me informo lo más posible acerca del antecedentes de los muertos, ya sea familiares de sangre como la “otra”, con la que cometían los delitos, llega Osvaldo, en ese momento y casi por reflejo, Gustavo le entrega los resultados de las huellas, para determinar quienes son, ya que en las billeteras, solo se encontró calendarios con fechas marcadas, estampitas y algunos papeles con direcciones que también mandé a investigar.
    ― Hola García, antes que nada, te felicito por salvar al delfín—me decía, sin quitar los ojos de los papeles que traía― por otro lado, siento mucho por lo de tu compañero, muchos presentíamos que ese hombre no estaba del todo cuerdo.
    ―Gracias Osvaldo, por suerte ya pasó ―le respondo, queriendo olvidar al menos por ahora ese tema pasado― ahora, decime ¿Qué averiguaste de nuestros fríos amigos?
    ―Ok, como digas―responde Osvaldo comprendiendo en forma inmediata mi cambio de tono.
    ― El primer muerto―comienza explicando Osvaldo, ojeando el expediente― el del piercing en la nariz, se llamaba Gustavo Álvarez alias “tavito”, 16 años, robo a mano armada, tubo varias caídas por drogas, se dice que se cargo a 3 en la villa, solo por que no quisieron pagar “peaje” donde él y los suyos residían, aunque nunca se pudo comprobar nada de eso. Además tenía un abogado que se escudaba en que como eran menores y que la sociedad los llevaba a hacer esas cosas como robos y no se que otras pelotudeces, los sacaba enseguida.
    ― Que buitres son algunos abogados―pienso al oírlo.
    ―El segundo―continua Osvaldo y en ese momento clava los ojos en la pagina que está leyendo― hijo de un ex comisario de la federal, su nombre era Arnaldo Segovia, de 17 años, aparentemente era el líder de los tres, corte militar, detalle impuesto por el padre ya que lo quería meter en la milicia por el comportamiento que tenía. Se dice que adoptó color de la camisa, colorado, cuando en una oportunidad le cortó la garganta a un integrante de otra pandilla vaya a saber por que causa, la cuestión es que la sangre mancho su camisa blanca y como le gusto el tono rojo, decidió adoptarlo. Pasó 4 años en reformatorios, se escapó de su casa muchas veces, sobre todo cuando su padre no estaba por días, debido a su trabajo Ávido consumidor de crack, pcp y lo que venga, recibió 2 tiros por parte de la policía cuando huía de un robo, refugiándose en la villa, sabiendo que es difícil entrar allá.
    ― Mierda, que especímenes fuí a encontrar en el callejón, son toda una celebridad para la policía — pienso mientras observo las cicatrices de bala del muchacho, una en la axila y otra en la pierna derecha cerca de la rodilla.
    ―Y ahora el tercero, este si te va a gustar—me dice con cara de ansioso.
    ― ¿si? Que lo hace tan especial, por que con lo que me contaste de los dos primeros, tengo de sobra―le respondo cruzándome de brazos.
    ― Se llamaba Contreras Dalmiro Baltasar, de origen boliviano, 17 años, pertenece a una comunidad del Once, se dice que mató a un chico cuando tenia 14 años, allá en su patria natal, mandé el informe a Bolivia, en unas horas vamos a tener la confirmación de eso, acá vive o mejor dicho vivía con dos amigos que hizo en la villa, los tres eran como un grano en el culo para las departamentales de capital. Dalmiro estuvo involucrado en el robo a varios supermercados coreanos y chinos, le gustaba burlarse de los polis delante de las cámaras de seguridad que había en los lugares donde robaba y como los otros dos se escurría a la villa, los conocen tanto a él como a los otros dos en ambas villas, tanto en la 31 como el la 31 bis.
    ― Lo que se dice un diamante, bien bruto―susurro mirando al muchacho tirado en la camilla.
      ―Como te dije antes García, te topaste con algo groso—Me dice Gustavo, al tiempo que desenvolvía un sándwich de atún, pero justo en el momento en que iba a darle una mordida, le lanzo una mirada, haciéndolo retroceder ya que las migas, caerían sobre la frente de uno de los difuntos.
    ―Perdón, no me di cuenta—atinó a decir, mientras le daba el tan ansiado mordisco a su almuerzo ―Pero falta algo―dice con la boca llena, mientras hojeaba los papeles que traía encima
    ― ¿Qué te faltó?, ¿será algo que apareció en los análisis?― le pregunto.
    — Me falta darte el resultado de la sangre que encontraron en la pared, lo tenia encima, ¿Cómo lo pude perder?, la puta madre—dice presentando una actitud nerviosa que iba más allá de unos simples papeles.
    ―Tranquilo, ya van a aparecer ¿te acordás si mencionaban algo importante?—le digo tratando de poner un paño frío a su frustración.           
    ―Si, algo recuerdo…― me responde un Gustavo muy nervioso y pensativo ― el ADN coincidía con el de uno de los 3, pero no recuerdo cual ¿Por qué me olvido de las cosas?, en cuanto encuentre los papeles te aviso bien, García.     
    Dejando como cosa olvidada lo ocurrido en la morgue, fui a ver a Sebastian, con la esperanza de obtener algo más para armar este rompecabezas, ya que en cuanto llegué del lugar de los hechos, le di los papeles con las direcciones que encontré en las billeteras.
    ―Buenas tardes Sebastián ¿te fue de utilidad lo que estaba escrito en los papeles?—le pregunto mientras tomaba una taza de café que estaba más que pasado.
    ―A pesar de que la mayoría de las direcciones eran casillas de las dos villas―comenta Sebastián, mostrando una carpeta que tenía sobre el escritorio―eran de seguro lugares donde compraban merca, seguimos buscando más lugares, y dimos con algo interesante, un comercio que queda a dos cuadras de la villa 31, se llama “Mercado Emilio”, es una especie de almacén donde venden de todo y al parecer también sustancias non santas. El dueño, Emilio Correa, cayó varias veces por consumir y otras tantas por portación de arma de guerra, lo que se dice todo una joya—me comenta, mostrándome una foto del sujeto sacada de un archivo.
    ―Mas que joya, es otra pieza de colección—le digo al ver el rostro del sujeto, tenía varias cicatrices en el rostro, suturadas por el peor cirujano, que le daban al sujeto un aspecto medio áspero y tosco, solo faltaba un detalle para considerarlo completamente así, solo uno y él lo tenía, un parche en su ojo derecho.
    ― Como es lo más útil que tengo hasta ahora, no me queda otra que ir a hacerle una visita a ese tal Emilio, a ver que le saco—le digo a Sebastián, agarrando la foto.
   ― ¿Necesitas apoyo?—Me pregunta Sebastian, sacando su arma de la funda, quita y chequea el cargador, lo vuelve a colocar en su arma y esta a su funda, todo un teatro para llamar la atención.
    ― No gracias, “Sr. Arma Mortal”, solo voy a hacerle una visita cordial, algunas preguntas de rutina a ver que consigo, nada más, todo va a salir bien—le digo, sabiendo que cualquier negocio que esté a los alrededores de la villa, es un gran tiro al blanco.
    ― No te pongas mal Sebastián, tal vez la próxima vez ―le digo al verlo decepcionado― ¿Me decís la dirección por favor?
    ―Según el registro―me responde con poco ánimo― la última dirección, si no se mudo, ya que cada dos por tres lo asaltan, pero es el precio de vivir cerca de la villa, es Prefectura Naval Argentina y Carlos Pedrette.
    Saliendo de la comisaría y mientras subía al auto, prendí un cigarro, y me dirigí al lugar mencionado. A medida que avanzaba en la avenida, pensaba que todo esto de los cuerpos, las marcas y sobre todo el historial de cada uno de los muertos, cuanta violencia habrán visto esos chicos a tan corta edad.
    ― Todo el caso me trae mala espina, tres muertos, tres futuros líderes de bandas, todo un enigma―pienso mientras conducía.
   ― ¿Que pasaría si me encuentro con alguno de estos personajes?—susurro mientras estaba llegando a las cercanías de la villa― la mayoría no llegó a los 21años, pero son mas peligrosos que cualquier loco adulto suelto
    La zona que ocupa este asentamiento es realmente impresionante, y como todo en esta ciudad, ellos también evolucionaron, al menos las construcciones, al principio eran simples chozas muy precarias, levantados con algún que otro sentimiento de progreso. Ahora son departamentos de 2 y 3 pisos, obviamente sin autorización ni medida de seguridad alguna. El crecimiento de los espacios cubiertos, dio lugar a  sitios donde se venden todo tipo de sustancias y por ende la delincuencia también creció y en forma alarmante.
    ― doblé la esquina, y ya puedo ver el cartel del almacén, un antro realmente sospechoso —susurro mientras avanzo muy lento a la vez que  preparo las armas, tanto la de la cintura, una 9mm como la de la sobaquera, un 32 largo, este último, solo por las dudas.
      El almacén tenía el nombre del dueño tal como dijo Sebastián. El frente cubierto de punta a punta por rejas de color negra donde la única entrada era una abertura como una suerte de puerta. Desde la calle desierta, podía ver el timbre del negocio, era una perilla de luz incrustada en una caja de metal, también enrejado. Me quedé parado en el medio de la calle, mirando a ambos lados de la misma, luego, encendí un cigarro mientras contemplaba el interior del local, buscando con la mirada al dueño, no estaba muy decidido en entrar, pero como no vi peligro alguno, puse la 9 adelante y mientras cerraba mi campera ocultándola, avance a paso seguro.
    ― Buenas tardes, ¿en que puedo servirle señor?—Me dice un señor ni bien termine de entrar al local.
     El tipo sin ninguna duda era el dueño, solo que en persona sus cicatrices estaban más marcadas que en la foto presentaba  por Sebastián, incluso el parche en el ojo derecho, ni bien termino de saludarme, otra persona le respondió.
    ― Hola vieja, venimos por la teca, ¿tenes la teca?—Le habla una voz, de un tono no muy grave parecida a la de un pibe, que venía a mis espaldas, según pude ver de reojo su sombra por efecto del sol que entraba desde la puerta.  
    ―Que teca ni que teca, salgan de acá pendejos de mierda, ya me robaron 12 veces en este mes —Les dice el tipo en voz alta, golpeando el mostrador― se llevaron todo lo que tenía.
    ― No los provoque, cálmese, sino se va a poner feo, déle algo para que se vayan—Le dije con voz serena mirando al tuerto notando que estaba perdiendo la paciencia. 
    ―Esta bien, les voy a dar algo―les dijo el dueño del local
    Fue entonces que mientras se escuchaban los pasos de los pibes acercarse, el dueño me mostró 4 dedos de su mano derecha indicándome que eran 4 los que había.
    ― ¿cuatro?―le pregunté susurrando a lo que respondió “si” con la cabeza―La puta madre, no se le ocurra hacer nada estúpido que somos boleta —le terminé diciendo
    Mientras quien le habló al viejo junto con sus cómplices se acercaban al mostrador, intenté girar el cuerpo para verles la cara.
    ―Che loco, ¿que te moves vo? quedate quieto o te quemo, no é joda ¿me escuchate?—Me dice en voz alta uno de ellos, al mismo tiempo, se escucha el martillar de un arma.
    ―Si, te ecuche, muy bien, che—Le digo, con la misma falta de cultura, dándole en todo momento la espalda, mientras escucho que se acerca hacía donde nos encontramos el vendedor y yo.
    ― ¿Me `sta cargando loco?—me dice susurrándome en el oído apoyando el caño de su arma, una 45, en mi mejilla derecha.
    ― ¿tene plata vos también?— dice y su aliento, muy particular, mezcla de cerveza y pegamento, me produce rechazo.
    ― No tengo mucho, pero es todo tuyo, solo dejame sacarlo de la billetera, que esta en el bolsillo de mi pantalón, así es que tranquilo, ya te lo estoy dando—Le susurro, buscando mi billetera, aunque en realidad, pensaba sacar mi arma y terminar con todo esto.
    En un momento mientras le entrego el dinero al chorro, levanto la mirada y veo que el hombre de un solo ojo, mueve su mano derecha, como buscando algo detrás del mostrador.
    —Espero que este moviendo su mano para apretar la alarma, y no para buscar un arma, de lo contrario, esto se va a poner realmente feo— Pienso, mientras saco mi billetera del bolsillo trasero de mi pantalón.
    ―Suerte que saque mi placa y la puse en el bolsillo interno de mi campera―susurro.
    — ¿$25 solo tené?—me dice salpicándome de saliva el rostro y  con los ojos entrecerrados, era un muchacho de unos 18 años—Dame más plata boludo o te quemo acá mismo, escuchate boludo.
    — No tengo un mango más, todavía falta para cobrar, es todo lo que tengo, —le respondo con voz cansada.
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viernes, 18 de marzo de 2011

LA LOCURA PUEDE ESTAR EN CUALQUIER LADO. . . .INCLUSO EN LOS LUGARES MAS REMOTOS

BUENAS TARDES, SEGUIMOS ESPERANDO AL CAZADOR DE NUESTRAS TIERRAS, MIENTRAS TANTO SIGO SUBIENDO OTRAS HISTORIAS, EN ESTA OCASION, LA MUERTE RONDA EN UNA ISLA QUE MUCHOS TOMARIAN COMO PARADISIACA, SOBRE TODO POR LA TRANQUILIDAD, ESPERO LES GUSTE.

LOCO
   La noche cae y como es habitual en esta época del año, es calida y fresca. La mayoría de los habitantes del barrio se quedan hasta tarde. Buscan un momento de regocijo gracias a la brisa que llega desde el océano, gran parte del tiempo la tranquilidad es absoluta. En realidad en casi todas las islas es igual, estas que están cerca del pacífico y gracias a las corrientes calidas de la época aun más. Lo que todos ignoran, es que hace muchos años, al otro lado de esta apacible isla, se encontraba un manicómio. En estos días ese “loquero”, como lo llamaban los pobladores se encuentra cerrado. Un incendio provocado vaya a saber por que causa lo dejó reducido a cimientos quemados.     
    En ese momento en que el fuego se adueñó del lugar consumiendo todo, los guardias del nosocomio, como también algunos enfermeros, sacaron a la mayoría de los pacientes a pesar de todo. Recorrieron los pisos del edificio, habitación por habitación buscando a quien salvar, una vez hecho eso, abandonaron el sitio. Dejaron el manicómio ardiendo sin esperar a que llegaran los bomberos, pero al parecer se olvidaron de revisar el sótano, donde se encontraba uno, al que le decían “meat”, que en castellano significa carne, se lo llamaba así, por que le encantaba comer carne cruda, Digo al parecer, por que después de trabajar durante muchos años en ese manicómio uno no se puede olvidar de alguien como él. Lo importante es que no fue evacuado del lugar, imagino que nadie se animaba siquiera a tocarlo por varios motivos: primero por que para hacerlo, debían quitarles las cadenas que lo tenían sujeto a una de las paredes de su celda; segundo debido a su peligrosidad, ningún guardia se animaría a hacerlo y tercero, si estando vivo a nadie le interesaba mucho, ni siquiera su terapeuta lo visitaba desde aquella vez tras una discusión le arrancó una oreja de un mordisco y se la comió delante de él.
    En estos momentos toda vida de armoniosa quietud a la que está acostumbrado el barrio va a cambiar. Sufrirá como nunca. Algo los acecha desde los lugares más oscuros de la isla, algo hambriento y sobre todo muy peligroso.
    Una joven que decidió dar algunos chapuzones en altas horas de la noche, en un lugar, que según ella, creía solitario va a ser la primera víctima.
    Mientras se prepara para entrar al mar. Se acerca al agua y siente escalofríos pensando en lo fría que puede estar. Por un momento se queda parada y contempla el horizonte. Respira hondo y toma coraje decidida a sumergirse en esa agua calma. Da unos pasos hacia atrás como tomando envión para empezar una carrera y avanza a trote firme, pero antes de que sus pies toquen el agua algo golpea su pierna derecha, haciéndola caer. Intenta ver qué la golpeó, pero una sensación la obliga a tirar la cabeza hacia atrás y sus ojos se cierran mostrando un inmenso dolor en su pierna golpeada, cada vez que la mueve se acrecienta más, tanto, que a los pocos segundos, se vuelve insoportable. Aprieta los dientes y mira. Observando horrorizada que una flecha atraviesa su pierna. Intenta sacarla, pero el solo tocarla la sensación de dolor le llegaba hasta la cadera, por lo que desiste. Examina detenidamente la flecha pudiendo ver que la está atada una soga, acerca su mano a ella, la toca y casi por reflejo, esta se tensa como si algo tirara de ella del otro extremo. Desesperada trata de zafarse, pretende desatarla de la flecha, pero la soga la empieza a arrastrar hasta unas dunas no muy lejos de donde estaba parada, dejando una huella en la arena. Agarra la soga con ambas manos, pudiendo ver en esa posición quien la jalaba con tanta insistencia, es una silueta oscura, con una fuerza mucho mayor que la de ella. En el momento en que casi se puede distinguir quien la arrastra, la muchacha intenta levantarse, a los que la sombra vuelve a jalar la soga, haciéndola caer nuevamente y adelantándose en caso de que ella vuelva a intentarlo, sale de entre las sombras, blandeando un garrote, con el cual golpeó a su victima en la rodilla de la otra pierna, quebrándosela, al verla completamente indefensa y desesperada, la agarra de los cabellos. Acerca su rostro encapuchado al rostro de ella y sus ojos penetraron los de su victima a la vez que levanta el garrote, haciéndolo caer con una fuerza animal sobre el hombro de la muchacha, rompiendo todo hueso que se le cruza en el camino. El grito de la muchacha lleno de  energía es más parecido a un alarido de dolor, que el sujeto, se ve obligado a tapar con su mano la boca ahogándolos, al mismo tiempo que la golpea en las costillas con el garrote. Luego saca su mano que tapaba la boca de su victima y esta luego de una bocanada de aire fresco, tose, escupiendo sangre sobre la arena, el sujeto por unos segundos la observa y vuelve a agarrarla de los cabellos. La levanta, dejándola que se apoye en la pierna donde tiene atravesada la flecha. Una vez que la tiene frente a él, la mira y de un golpe certero en el cráneo, le rompe el cuello. La muchacha, a causa del impacto, cae y su rostro se hunde en la arena. El sujeto se queda parado por un momento, sin mover un solo músculo, luego mueve su cabeza de un lado a otro observando su obra. Levanta la vista, agarra la soga, la enrolla y arrastrando, se lleva el cuerpo de su victima.
    Al otro día, bien temprano, la policía recibe una llamada en la cual le informan acerca de la desaparición de una muchacha: 24 años, soltera, trabaja de enfermera.  Se comenta que fue a nadar la noche anterior y que nunca regresó a su hogar. Los oficiales, siendo esta la quinta persona desaparecida, en el transcurso de 3 meses, comienzan la investigación un poco más profunda.   
    Los primeros en ser interrogados son las amistades más cercanas e incluso al novio, a quien lo toman como un posible sospechoso. El muchacho de unos 30 años dice que esa noche estaba con otra chica, en un hotel de la zona, su acompañante ocasional da por confirmado tal hecho, declaración mediante. Las horas pasan y no hay noticias acerca de la muchacha. Finalizado el interrogatorio a todos, los oficiales deciden ir a ver la zona donde habría ido a nadar. Una vez en el lugar, el lugar está muy concurrido por personas que dejan varias pisadas, huellas dactilares y desechos de toda clase, haciendo del lugar poco confiable. En lo que se refiere a buscar pistas, solo se ve un poco de sangre sobre unas dunas, detalle que desencajaba con el panorama, por lo que les llamó la atención. Se junta una muestra y la investigación sigue su curso, mientras todo esto sucede, la noche cae y con ella, un nuevo espectáculo de terror estaba por comenzar. En esta ocasión, los actores, por decirlo de alguna manera, es una pareja de novios llamados Lauren y Oscar. Ellos como la mayoría de los hijos de padres rigurosos suelen encontrarse de noche, cuando los padres de ella duermen, creyendo que su hija, también lo hacía, pero no, una vez más, se escapó al encuentro con su “Romeo”. Caminó entre unos árboles, buscando la fuente y una banca, lugar habitual de sus encuentros, una vez allí, se sentó y espero. Pasaron varios minutos y su amado no aparecía, mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca un paquete de cigarros mentolados. Comienza a sentir nervios. Enciende un cigarrillo, mientras sus ojos que lo miran todo a su alrededor buscan la figura que anunciaría como todas las noches, la llegada de su novio, y así fue. Muy cerca de la fuente de agua, se encuentra una figura, al principio se sintió aliviada, aunque le llama la atención un detalle, al parecer esa figura es más alta que su amante, seguramente debe ser por la oscuridad. Es engañosa, piensa. Aun con la duda muy dentro de ella. Llama a la figura por el nombre de su novio. La silueta, sin pronunciar palabra, se acerca a ella muy despacio, con su mano derecha detrás de él. La joven, tratando de ponerle un fin a todo ese halo de misterio que cubría el momento, vuelve a nombrar a su amado y esta vez con la voz más firme, sin embargo una vez más, la silueta, ya más definida, se le acerca y sin emitir palabras en todo momento, solo con un leve movimiento de cabeza, le da a entender que él no es Oscar. Sorprendida, la muchacha intenta levantarse de la banca, pero un machete le corta el paso, entonces con los ojos reflejados en la hoja del arma y casi entrando en llanto, le pregunta si sabe donde está su amado. La figura permanece un momento con sus ojos en ella. Luego saca de detrás de él, la mano que mantenía oculta, sosteniendo algo que al principio ella no logra ver bien sino hasta que un tenue reflejo de la luna le pega, revelando la incógnita, es algo que hizo que ella vomitara casi de inmediato, de repulsión y espanto, es nada menos que la cabeza de su amado Oscar.
    Casi por reflejo, como impulsada por una fuerza invisible, se levanta de la banca y empujando a su desquiciado acompañante sale corriendo en dirección al centro del bosque, lejos de ese loco. Escucha un zumbido y casi de inmediato siente un golpe en la espalda que la detiene por completo, piensa que pudo ser, al no escuchar más nada intenta seguir, luego un dolor espantoso se apodera de todo su ser, haciendo que sus ojos se abrieran tanto, que parecían que se le iban a salir. El loco le había arrojado el machete clavándoselo en el centro de la espalda, el demente al verla parada, estática invadida por un dolor indescriptible. Se le acerca por detrás, pone una mano en su hombro y con la otra agarra el mango del machete. Lo sujeta fuerte y le da dos vueltas para luego sacarlo de un tirón, dejando caer a su victima, ya muerta, como una bolsa de papas, golpeando su rostro contra el suelo. Finalizado todo, el loco se queda parado por unos segundos. Observa lo que  hecho, luego agarra el cuerpo por una de sus extremidades y desaparecen en la espesura del bosque.
    Al día siguiente, los oficiales, confundidos y sobre todo alterados, pero no solo por lo que el loco esta haciendo,  sino por la ira de los pobladores quienes exigen que se haga algo más concreto, ya que de lo contrario, amenazan con hacer justicia por mano propia. El comisario, al oír semejante locura, se da cuenta que la situación estaba tomando un color oscuro y de solo pensar que las calles se podrían transformar en un zona de tiro al blanco, decide adelantarse a los hechos. Informa que a partir de las 18hs de hoy, rige el toque de queda. Toda persona que se encuentre en las calles después de cierta hora, pasará el resto de la noche en la comisaría.
    Los habitantes, ignorando lo informado por el comisario, deciden formar 2 grupos de caza, con la intención de atrapar a quien ya se llevo la vida de 7 personas, uno de los grupos, apenas salió de la casa del chofer, todos armados hasta con granadas. Fueron interceptados por 2 patrulleros; el otro grupo ya estaba en la zona boscosa y sus 4 integrantes se disponen a bajar del vehículo para revisar toda la zona, lo que no sabían era que sin quererlo, le estaban facilitando las cosas al loco.
    Una vez ubicados en lo más espeso del bosque, deciden separase y así cubrir más terreno, otro fatal error cometido por gente que tenían solo una cosa en la cabeza, la venganza, en cambio el loco, era hasta ahora, por lo que pudo demostrar, un ser muy osado, lleno de crueldad y capaz de hacer sufrir sin limites ni remordimientos, características que puso en práctica.
   El primero en caer, es el que hasta este momento, era el más importante, el chofer. Se habría quedado en el vehículo, en una suerte de “campana”. Sostiene una carabina y sus ojos bien abiertos recorren una y otra vez todo el parabrisas delantero y las ventanas de ambos lados. Mientras espera mastica tabaco, hierba que lo obliga a escupir toda la saliva marrón sacando la cabeza por la ventana cada tanto. En un momento escucha un sonido que lo puso en alerte, se aferra a su arma y a pesar del miedo que se refleja en su rostro, pregunta en voz alta “¿quien anda por ahí?”. Mira el espejo retrovisor, sin salir del vehículo, espera unos segundos y al no oír respuesta, lo toma como que no hay nada de que preocuparse. Se asoma para escupir y cuando su cabeza sale por la ventana, siente una brisa y su vista empezó a fallar y de su frente comenzó a gotear sangre, intentó tocarse con la mano, pero la tapa de su cerebro cae al suelo. Mientras tanto el loco se interna en el bosque, en busca de los demás. Sigue las huellas para nada borradas de las pisadas de los cazadores amateur, por lo que no le causo dificultad hacerlo, se asoma detrás de un árbol y observa a quien sería su siguiente víctima, un señor de más de 50 años, casado vino a pesar de los ruegos de su mujer, ella insistía en que no vaya, le decía que no iba a volver, si supiera esa mujer cuanta razón tenían sus palabras, hubiera insistido mucho más. El señor en cuestión, en estos momentos, camina lentamente entre los arbustos. Mueve la cabeza cada tantos pasos mirando hacia todos lados, alerta a cada sonido mientras entra a un claro del bosque. A los lejos observa algo colgado en las ramas de un viejo árbol que flamea por la brisa, se acerca y observa que es la camisa que llevaba puesto el chofer del vehículo. La agarra e inmediatamente, se da cuenta que era una trampa, una soga se enreda en su pierna derecha, levantándolo, lo deja colgado y balanceándose como un péndulo. Se comienza a mover tratando de llegar al nudo en su pierna. Mientras trata de safarse, aparece a sus espaldas el demente. Le coloca una cinta adhesiva en boca y manos. Saca otra soga y la enreda en el cuello del viejo, estirándola bien, se asegura que esté bien apretada, lo observa como se pone morado el rostro del pobre hombre y camina hacía la camisa que usó de señuelo, la levanta y la coloca a pocos metros de su victima para luego retirarse. El viejo que se encuentra colgado, observa lo hecho por su atacante, completamente desorientado, “¿por que no me mato?”, se preguntaba una y otra vez, en eso, escucha la voz de uno de sus compañeros de caza, que entra al claro y lo ve colgado. Avanza hacia el viejo pero la camisa llama su atención. La levanta y activa una trampa similar a la anterior, haciendo que la soga, que estaba enredada en el cuello de su compañero, se ponga peligrosamente tensa, a tal punto, que el rostro del viejo  pasó de morado a una tonalidad azulada, en cuestión de segundos, en ese momento su compañero intenta socorrerlo, la soga que lo mantiene colgado, también se tensa, y con ambas sogas estirando su cuerpo de un lado y del otro, el pobre hombre siente que la vida se le va, todo era tensión, pero las sogas por más que el hombre quiera evitarlo su muerte es inevitable, comenzó a escuchar que sus músculos empezaron a romperse, hasta que su cabeza y su pierna son arrancadas al mismo tiempo y su quien con desesperación intentó soltarlo es bañado por litros de sangre,  por lo cual lanzó un grito desesperado, olvidando todo, mientras sigue sollozando por la muerte de su compañero el loco aprovechó y lo sorprendió por atrás, clavándole un cuchillo en su garganta, abriéndola de izquierda a derecha, lo sujetó mientras trataba de agarrarlo hasta que ya no lo hizo. Lo suelta viéndolo caer al suelo. Le hizo un corte tan profundo en el cuello, que la cabeza seguía unida al cuerpo, solo por un colgajo de piel.        
    Limpió el cuchillo con sus ropas y mientras lo observa escucha pasos entre la vegetación, solo falta uno piensa. Ansioso por darle muerte. El último de los cazadores s un muchacho de solo 20 años, hermano de la joven, que fue sorprendida cuando intentaba darse un baño en la playa. Camina con algo de cautela, ya que no es un experto en atrapar animales y mucho menos humanos. Sostiene en una mano un crucifijo que aprieta cada vez que oye un ruido extraño, los minutos pasan y él sigue caminando sin rumbo fijo llamando a los demás integrantes de su grupo, pero sabe muy dentro suyo que se encuentra solo. En un momento se detiene, intenta ver más allá de la maleza pero ésta es tan frondosa y tupida, que no se lo permite, por lo que decide hacer silencio un instante. Toma coraje y sigue adelante, es en ese momento que siente que alguien lo está observando. Se detiene. Saca de su bolsillo una navaja suiza, le despliega la hoja de corte y sigue avanzando hacia donde hace un momento escuchó el grito de uno de sus compañeros. Con sus manos sudando, desbordado por los nervios y su mirada concentrada en lo que podría haber más adelante,  cuida cada paso que da. Todo el sitio parece estar tranquilo, no se escuchan más gritos ni nada parecido, es como si el loco se hubiera ido, con ese pensamiento decide relajar el cuerpo y secar el sudor de su frente con la manga de su camisa. Pero un ruido lo desequilibra, lo pone en alerta nuevamente, haciéndole caer la navaja. Se agacha, la agarra y cuando se incorpora el loco se encuentra expectante detrás de él, al sentir su presencia el muchacho intenta hablar, su boca se abre, pero a causa del miedo no logra pronunciar letra alguna. El demente apoya su machete en el hombro del muchacho y su hoja acaricia su cuello y este al sentir el frío metal sobre su piel, se aferra a la navaja con todas sus fuerzas. En ese momento escucha una voz que dice: “alto ahí loco de mierda”. Es el comisario. Al oír eso el asesino levanta su cabeza, al mismo tiempo que blandea el machete, con la intención de apresurar el final, para poder huir y perderse en la espesura del bosque. El muchacho aprovecha el momento de distracción y con un solo movimiento ágil de cadera. Gira el cuerpo, clavando la navaja en el cuello de su atacante. Este, advierte el ataque del muchacho cuando ve que su sangre sale a borbotones, por lo que aprieta la herida con una mano manteniendo firme el machete con la otra. La perdida de fluido vital lo pone poco a poco débil, quedando por un momento desorientado. Sus ojos a través de su capucha, se clavan en su atacante, apoya su mano sobre el hombro de este, lo sujeta firme, pero el muchacho dispuesto a no morir en  manos de ese animal le quita la mano de encima y lo empuja apartándolo de él. Mareado, casi sin fuerzas el maldito gira con el machete en alto, pero antes de que pueda bajarlo, dos disparos hacen blanco en su pecho, cayendo al suelo ya sin vida. El comisario con su arma humeando se acerca al cadáver, lo observa y mientras la guarda en la funda le pregunta al muchacho si se encuentra bien, este le responde que si meneando la cabeza y abordado por una intriga por saber quien es el tipo se agacha y le saca la capucha. Lo observa e inmediatamente frunce el ceño con el que realiza un gesto que da a entender que lo desconoce. El sujeto tiene las facciones de un señor de más de 50 años, delgado, de rasgos duros y como característica principal, le falta la oreja derecha. El agente de la ley agarra su handy y llama a sus ayudantes. Al rato caen dos uniformados, el comisario los pone al tanto de todo y uno de ellos se lleva al muchacho para que lo asista un profesional en lo referente a ayuda psicológica. Cargan los cuerpos, tanto del loco como de sus victimas y para el comisario, como para muchos habitantes del pueblo, la pesadilla había terminado. Una vez en la morgue y mientras ve como el medico guarda el cuerpo del loco en la cámara, el jefe de la jefatura de policía decide averiguar quien era el que tantas muertes causó en la isla. Tanto el resultado de las huellas dactilares como algunas investigaciones que realizó en la biblioteca, supo que el maldito era nada menos que el terapeuta de “meat”, la mutilación de la oreja se la realizo su paciente tras una discusión. Dicha pelea fue debida a una información que el profesional se había enterado. Entre sus victimas se encontraba la mujer de quien trataba de meterlo nuevamente en el camino de la cordura, este, no solo lo abandona a su paciente sino que cuando decide regresar y hacer justicia por mano propia. Pierde completamente la cabeza cuando se entera que la población quemó el manicomio. Entonces al no poder vengarse, decide descargar su ira contra la población a partir de la fecha en la que cumpliría él y su esposa 20 años de casados.
Terrible ver como una comunidad pacifica, alejada del mundanal ruido de las grandes ciudades también puede caer presa de la maldad del hombre, la cual no tiene fronteras ni lógica alguna… 
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miércoles, 9 de marzo de 2011

BATALLA GANADA, GUERRA PERDIDA

BUENAS TARDES GENTE, NO CREAN QUE ME OLVIDE DE USTEDES EN CUANTO AL CAZADOR DE NUESTRAS TIERRAS, PERO ANTES LES TRAIGO UN CUENTO QUE LO SIENTO COMO MI APORTE A LOS HEROES, QUE QUEDARON EN LAS ISLAS MALVINAS, ESPERO LES GUSTE.


  BATALLA GANADA, GUERRA PERDIDA
    El siguiente es un relato ficticio. Tanto los nombres de los personajes, como la historia en sí, no son reales, pero eso no significa que nunca haya pasado en la historia de la humanidad, sobre todo en alguna de las tantas guerras que esta sufrió, ya que ellas, encierran en su cruel y sin sentido interior, muchas historias. Pero debido a variadas circunstancias, físicas, políticas o simplemente a que el conflicto bélico devoró a sus integrantes, no hay quien las cuente.
   
    8 de Junio de 1982, Isla Soledad, 01:45am.
    Según informes de la base instalada en Puerto Argentino, un buque ingles llamado Sir Galahad, pasaría por Fitzroy, trayendo varias unidades de soldados para, según dicen, dar el toque final a la guerra. Yo, como muchos soldados del frente argentino. Esperamos para atacar una base inglesa ubicada a unos 200mts de ese lugar. Nos atrincheramos en un lugar poco visible… eso creíamos.
    --La puta madre que frío de mierda—Pienso, abrazado al fusil—, yo no quiero estar acá, creo que ninguno de nosotros quiere estar en este puto y frío lugar.
    Miro a mis compañeros, todos de 21 años. Nos llamaron para defender a la patria, pero nadie nos pregunto si queríamos hacerlo.
    — ¿Qué hora es Pérez?—Me susurra el sargento.
    — ¿Acaso tenes una cita?—Le respondo sin verle la cara de quien me preguntó, hasta que gire la cabeza, es el sargento. Trato de disimular, pero solo atine a decir—perdón mi sargento.
    —No sea boludo Pérez—Me responde el sargento—, se corre el rumor de que un buque ingles llamado Sir Galahad va a aparecer este día, lo que no sabemos es la hora, pero debemos estar alerta por si adelanta su venida, otra cosa. Trae muchos ingleses, más de 200
    —Te cagaron a pedos, Pérez—se jactaba Domínguez—, boludo le dijo el sargento, muchachos.
     Domínguez, otro compañero al que apodamos de entrada nomás “el cagon”, por que cuando llegamos a la isla. Explotó una bomba cerca de donde estábamos y del susto se cagó encima, a todos nos pareció muy gracioso, menos a él claro.
    —Callate—le respondo—, prefiero que me caguen a pedos, que cagarme en serio del susto.
    — ¡Cállense los dos, carajo! — Nos grita el sargento—, parecen chicos
    Comparado con él sargento. Nosotros éramos unos pendejos que ni siquiera sabíamos cuando cerrar el culo, pero por suerte tenemos al sargento Millar. Es un tipo grandote. Desde que llegué a la isla lo veo que tiene la barba de dos o tres días. No tiene para nada cara de hombre bueno, pero algo en el nos hizo saber que se podía confiar en el desde el primer momento.
    —Soldado…—Le pregunta el sargento a uno de mis compañeros, al verlo luchar con su arma— ¿Qué pasa con su fusil?
    —Esta mierda de arma, señor—le responde sin verlo, preocupado por destrabarlo, golpeándola con lo que tenia a mano, en este caso, una piedra—, se atascó. . . .Vamos, arma de porquería.
     Casi siempre nos pasa eso con los FAL. Son armas por como las veo, obsoletas. Por suerte para mi, solo me paso una vez, en cambio, por lo que escuche de soldados que hace rato están, a varios compañeros, se les atascó en pleno combate, una cagada.
    Entonces y volviendo al tema de Gutiérrez. El sargento con la paciencia que pocos tenemos, se le acerca y le da una mano.
    —Trátela bien, Gutiérrez—Le dice arrancándole el arma de las manos. La mira con detalle, y resulta que tiene puesto el seguro—, nunca se sabe, esta arma le puede salvar la vida en el momento menos pensado.
     El sargento le quita el seguro y lo vuelve a poner. Lo mira a Gutiérrez con cara de pocos amigos, mientras vuelve a retirar la palanca del seguro y la vuelve a poner, pero esta vez mirando al soldado a los ojos como  diciéndole “fijate pedazo de boludo, que esto estaba mal”.
    El número de soldados del pelotón al inicio de la travesía en monte Osborne, eran 12 soldados, ahora solo somos 6, y entre los caídos esta Rogelio, el médico del pelotón, si bien no peleamos en forma directa en pradera de ganso, servimos de apoyo, pero fue al pedo, por todos los santos, como nos dieron los ingleses en esos días, los peores 3 de mi vida y sobre todo de los que quedaron allá, menos mal que el sargento nos sacó rápido, fue cuando apenas comenzó el tercer día. En ese momento las tropas inglesas se venían a toda marcha, y a pesar de contar con apoyo de ametralladoras, algunos cayeron, otros se cargaban a cuanto objeto móvil veían a su paso. Lo cierto es que  no la hubiésemos pasado tan mal si hubiéramos tenido más horas de entrenamientos. Recuerdo cuando nos reclutaron para la guerra. Teníamos al menos yo, poco o casi nada de instrucción en manejo de armas, para colmo, ni se me cruzó por la cabeza que esto seria una carnicería, como realmente lo es…
    —Pérez, Domínguez…—Nos dice el sargento al verme bostezar pero no precisamente por aburrimiento, llevamos 2 días sin dormir—, adelántense y verifiquen que la zona este segura, los veo demasiados tranquilos
    —Abrí bien los ojos, Domínguez—le digo a mi compañero que estaba mirando al suelo, a la vez que rezongaba por la orden del sargento—, no quiero que nos maten por causa tuya.
    — ¿Me escuchaste?—le susurro apretando los dientes y agarrándolo de la manga de la campera.
    —Si, te escuché—me responde de mala gana, sacándome la mano—, ¿acaso creés que soy sordo?.
    —Ok—le digo y me encamino casi en cuclillas, fusil en mano y mirando para todos lados. Dejándolo atrás.
    Recorrimos algo más de 50 metros, casi nada, ya que la base inglesa estaba a 1000 metros de nuestra posición. Me arrodillo, saco un binocular y observo al enemigo. Al parecer no había mucho movimiento, tal vez por que están preparándose para recibir a sus buques que llegarían en cualquier momento.
    Pasado unos minutos desde mi intercambio de palabras con Domínguez. Me dispongo a avanzar otros 50 metros. Miro hacia atrás buscándolo y al no encontrarlo, me arrojo al suelo y cuerpo a tierra, susurro su nombre.
    —Domínguez—susurro sin poder ver nada en esa madrugada fría y sobre todo, oscura—, Domingueeeeezzzz--¿Dónde te metiste, boludo de mierdaaa?
    Mientras espero una respuesta, me incorporo y sigo en cuclillas unos pasos más. Detengo la marcha evitando que mis pisadas tapen cualquier ruido que pueda ser amenazante, pero solo escucho el sopla del viento. Me muevo pero me detengo bruscamente al oír un sonido parecido a voces muy a lo lejos, todo eso crispan mis nervios, obligándome a mirar hacia todos lados menos a donde estoy pisando…
    —Domingueeeeezzzz. . . .La put. . .—atino a decir, al mismo tiempo que caigo en lo que parece ser un pozo sin fondo, pero no, es una trinchera abandonada.
    Reponiendome del golpe que sufrí al caer. Mareado. Trato de ver si estoy solo o no en este lugar, pero casi sin poder distinguir mucho de lo que me rodea. Me levanto y saco un encendedor tratando de dar algo de luz al lugar, lo primero que veo es la bandera Argentina. En ese momento siento alivio por haber caído en un lugar que fue ocupado por argentinos. Chequeo mi arma y me preparo para recorrerla despacio, siempre en cuclillas. Doy algunos pasos, cuando escucho lo que parece ser un silbido, pero muy suave, al oír eso. Abro grandes mis ojos. Apago el encendedor y me aferro al fusil.
    —Lo único que me falta—pienso mientras me asomo al borde de la trinchera—, que me aparezcan unos inglesen y me manden al otro lado.
     En un momento observo a Domínguez correr hacia donde me encuentro. Me agacho y preparo mi fusil, para darle apoyo en caso que lo necesite.
    —Por acá boludo—pienso, mientras agachado miro el borde y tomo coraje para disparar si algún ingles asoma la cabeza.
    Me vuelvo a asomar y veo que ya no está. Miro a todos lados y nada, me agacho de nuevo y espero, todo es silencio, solo el soplido del viento se escucha, luego de unos segundos escucho un zumbido. Invadido por la curiosidad, me dispongo a asomar la cabeza al borde de la trinchera cuando algo cae detrás de mí. Me volteo a observar que era, y casi inmediatamente después, otra cosa cae a mi lado, por el ruido que hizo al chocar el suelo, sé que es más grande que lo que cayó anteriormente.
    —Que raro… no recuerdo que Domínguez haya salido con algún bolso además de la mochila—pienso mientras me acerco—, lo que si puede ser, que haya tirado su casco antes de caer acá.
    Una espantosa sorpresa me llevo al acercar el encendedor al objeto que cayó a mi lado, pensando que es el bolso de Domínguez, es su cuerpo decapitado. Vuelvo a voltear y veo que lo que había caído primero era su cabeza.
    — ¡¡¡aaaaaaaahhhhhhhh!!! —grito desaforado, luego me doy cuenta, que lo que hice, fue una maldita metida de pata— Sargento, Domínguez cayoooo.
    En ese momento, el pánico me cubre totalmente. Mi mente. Cansada por la falta de sueño. Empieza a crear pensamientos paranoicos haciendo que escuche ruidos en cada rincón de este lugar abandonado. Me asomo al borde de la trinchera. Saco mi fusil y apunto. Sudoroso, me vuelvo a meter, y así varias veces cada vez que escucho un ruido. Sudo tanto que por un momento me cuesta agarrar el arma. Aprieto los dientes y siento las imperiosas ganas de salir de este lugar.
    — ¿y si salgo y me matan? —susurro a la vez que me aferro al fusil con todas mis fuerzas—, no quiero morir, Dios, no quiero morir en esta mierda de lugar.
    Solo me separan menos de 100 metros de mi pelotón, me persigno como 20 veces. Me encomiendo a Dios y me arrastro como una babosa en un montón de arena. Me dirijo hacia donde están mis compañeros. 
    Estando cerca del punto. Escucho que los matorrales a mí alrededor se movían a medida que yo avanzo. Me pego bien al suelo en posición de disparo apuntando hacia ellos, pero nada. Vuelvo a emprender el camino arrastrándome pero esta vez lo más pegado al suelo, casi con la nariz en el lodo. 
    —espero que me vean mis compañeros—pienso mientras avanzo— así puedo levantarme y correr hacia la trinchera y en caso de que alguien me persiga. Tener apoyo de fuego.
    — ¿Quién vive?—Gritó el sargento.
    Levanto la cabeza con la intención de responder, pero en ese momento noto que a menos de 20 metros de mi posición, un arbusto empieza a moverse y no solo eso sino que se dirige hacia donde se encuentra el sargento y para empeorar las cosas no es solo uno sino varios y a pesar de la oscuridad reinante logro distinguir 4.      
    —Si alerto al pelotón, estos se me vienen encima—pienso a la vez que preparo el arma —, mejor me juego y que sea lo que Dios quiera
    Con la única idea de que el enemigo no sorprendiera a mis compañeros comienzo a dispararles. Al escuchar los tiros, mis compañeros también hacen lo mismo. Cardozo es bastante hábil con su FAP 50-41. Lastima que no ve muy bien en la oscuridad, suerte para mí por eso. De un salto me arrojo cerca de unas piedras y parapetado apoyando la cara contra una. Siento como las balas pican cerca, luego de no se cuantos disparos, puedo ver que los arbustos se alejan de la zona. Levanto la mano.
    — ¡Hola…!
    — ¿quien vivee?—Vuelve a gritar el sargento.
    —soy Pérez señor—Le respondo mientras camino hacia ellos—, no disparen, por favor.
    — ¿Acaso esta demente Pérez? —Después de los disparos, era de esperarse un bombardeo de preguntas—. ¿Quiere que lo maten? Y… ¿Dónde está Domínguez?
    — íbamos bien, pero en un tramo, Domínguez se atrasó—empiezo a relatar tartamudeando y ese momento mis manos comenzaron a temblar—, mientras caminaba, cada tantos pasos miraba hacia atrás, hasta que en una de esas quise decirle a Domínguez que se apurara, fue entonces que caí en una trinchera que está mas o menos 50 o 60 metros adelante. Me asomé al borde y lo vi venir. Esperaba a que cayera justo igual que yo para cagarlo a pedos por el retraso, pero no cayó, bueno si cayó, es decir. . . . .
    — Hable soldado—me dice el sargento, con voz firme y apretando los puños—, continúe… es una orden.
    —la cabeza de Domínguez cayo primero señor—mis ojos se pusieron colorados y en la garganta se me formo un nudo de tal tamaño, que no podía ni siquiera tragar la saliva, se me juntaba en la boca y la escupía.—, alguien o algo lo decapitó limpio, después cayo su cuerpo como una puta y maldita bolsa de papas…señor…
    —Dígame soldado…—me dice el sargento, sin inmutarse por como me sentía en ese momento—, ¿escuchó algo antes de eso?
    —si, creo. . .creo que si—le respondí sin levantar la mirada, para que no viera que mis mocos y mis lágrimas bañaron mi rostro—. Que se yo… señor…
    — ¡Soldado Pérez!—me grita
    — Si, señor— respondo poniéndome derecho y limpiándome la cara con la manga de la campera.
    — Míreme y concéntrese— me dice acercando su rostro al mío y agarrándome de los hombros—, ¿escuchó o no escuchó algo antes de que eso pasara?
    — ¡Responda soldado!—remató y ahí fue que reaccioné—, de eso depende nuestra supervivencia.
    —Si señor—le terminé diciendo—, escuché una especie de silbido, mucho antes y después un zumbido.
    —La puta madre…— responde el sargento mirándonos  —, muchachos reúnanse acá conmigo, necesito decirles algo.
    —Voy a ser sinceros con ustedes. Es muy probable que ninguno de nosotros sobreviva este día—comenzó diciendo el sargento, con la sinceridad característica de un padre—, los ingleses trajeron unos individuos asiáticos llamados “Gurkas”, estos asesinos, por que no les cabe otro nombre, son soldados entrenados para matar. Se mueven en grupos de 5. Usan un cuchillo llamado kukris, esta arma tiene la hoja ancha y curva. Según me enteré, ya han degollado a mas de 10 soldados, incluso a soldados ingleses, estos asesinos no tienen bandera, ni país, solo responden a una sola cosa, al sonido de un silbato que lleva el soldado ingles que está a cargo de ellos. Este silbato produce un sonido muy característico, es muy suave, muchos lo confunden con el del viento cuando sopla.
    —Como le dije sargento—dije, solo para sentirme parte de lo que se estaba comentando—, escuché uno así momentos antes de ver caer el cuerpo de Domínguez.
    —Pero no se confíen—continua relatando el sargento con voz nerviosa—, cuando lo escuchen. Tírense al suelo o escóndanse, es seguro que alguno de esos locos este muy cerca. Otra cosa, el soldado ingles que los guía, tiene una mira telescópica, así encuentra sus objetivos.
    Luego de escuchar al Sargento, nos quedamos pensando. Si pudieron matar a mi compañero, seguro deben estar cerca.
    —Sargento—le digo—, quiero agregar algo más
    —Sargento Millar—se escucha decir en la radio—, acá base ¿me copia?, responda Sargento Millar, cambio
    —Acá el sargento Millar, lo escuchamos base, cambio—responde, al mismo tiempo que me hacia un gesto con la mano, indicándome que lo espere.
    --recibimos información que el buque ingles llegará a costas de puerto argentino a las 10hs—le responden de la base—, se le ordena no intervenir ¿copió?, no intervengan, es una orden.
    —No podemos quedarnos con los brazos cruzados—le responde fuerte el sargento— mientras nuestros compañeros tienen una situación, cambio.
    —Sargento. Tiene orden de unirse a otro pelotón en otro punto—le responde la radio—, avise cuando este listo y le daremos las coordenadas, igualmente tiene otro objetivo, cambio.
    —Estamos a 1500 metros al sur de puerto Argentino— responde el sargento ya con ganas de tirar a la mierda la radio—, tenemos que vigilar un puesto ingles a 1000metros, según ordenes recibidas ayer, cambio.
    —OK— responde la base—, pero repito, debe unirse a otro pelotón. Tiene otro punto, repito, tiene otro punto, cambio.
    — ¿Qué punto?, especifique base—
    —Inteligencia nos informa que hay movimiento en Fitz Roy— responden—, según parece otro buque tocara costa antes del mediodía. Necesitamos que vaya allá como apoyo, pero debe unirse a otro pelotón en cerro Rivadavia primero, y luego debe marchar a Fitz Roy, cambio.
    — ¿Fitz Roy? —Susurra el sargento alejando la radio de su persona—, eso está como a 2 kilómetros de donde estamos…
    — ¿Copió sargento?—repite el radio— Fitz Roy, cambio.
    —Si copié— responde el sargento ya con los ánimos por el suelo—, pero nosotros estamos rodeados de Gurkas, repito, Gurkas, ya mataron a uno de mis hombres, cambio.
    —Fitz Roy prioridad uno—terminó diciendo la radio—, cambio y fuera.
    —Ya escucharon muchachos, nos vamos—nos dice el sargento que, a mi parecer, tiene tanto miedo como muchos de nosotros, por no decir todos—. Tenemos varios kilómetros de caminata. Manténganse siempre bien alertas, los Gurkas nos van a seguir el paso, pero no nos atacaran si nos movemos en conjunto ¿escucharon?
    — ¡si señor!—dijimos en conjunto, luego nos preparamos y marchamos bajo un clima salvajemente frío.
    No completamos ni 100 metros cuando una lluvia de balas que vienen desde varios recibir nos hizo sentir emboscados, el sargento nos orden cubrirnos, y no usar en ningún momento las granadas, para no llamar la atención de mas soldados enemigos. Otra orden es la de dispersarse y buscar refugio. Fuimos sorprendidos por un grupo de soldados ingleses que andaban en reconocimiento, nos parapetamos donde podemos. Yo me pego como una babosa a una roca cerca de donde estábamos y de tanto en tanto. Cuando las balas lo permiten, trato de ver de donde viene el fuego, al parecer están ocultos detrás de una arboleda, la oscuridad era el manto que necesitaban para poder emboscar a cualquier soldado enemigo que quisiera pasar.
    —¡¡¡Cardozo!!! —Grita el sargento— ¡¡¡la FAP, a los árboles!!!
     Mi compañero sin dudarlo. Empieza a descargar varios cargadores hacia donde le indicó el jefe.
    Todos, cada uno con su FAL. Disparamos a donde Cardozo y demás puntos donde creímos vienen los disparos enemigos.
    En un momento la ametralladora de Cardozo, deja de disparar. Desde donde me encuentro. Veo al sargento sorprendido por eso, luego se arrastra entre fuego enemigo hacia el puesto de Cardozo. Al llegar, y sin emitir sonido alguno veo que agarra el arma y empieza a disparar pero para el lado contrario de donde se encuentran los ingleses.
    —¡¡¡Sargento!!!—Le grito, pero al parecer no me escucha por el ruido de la ametralladora—, ¡¡¡el enemigo se encuentra del otro lado ¿me escucha?, sargento!!!
    —¡¡¡Gurkaaaaaasssss!!!—grita en forma de alarido el sargento.
    —Pérez… vaya a ayudar al sargento con los de atrás—me dijo el cabo Augusto—, Alonzo y yo nos encargamos de los ingleses.
    Tan rápido como el fusil y el casco me lo permiten voy a ayudar al sargento. Arrastrándome llego y veo el cadáver de Cardozo. Su cuerpo tiene dos dagas clavas, una en la nuca y la otra en el medio de la espalda, ambas son de hojas anchas y curvas, no me quedaba duda alguna, los Gurkas nos están siguiendo, casi diría. Pisándonos los talones.
    —Pobre Cardozo—pienso mientras me posiciono con mi arma para luego descargar balas a los arbustos—, tomen eso, asiáticos de mierda.
    —Sargento —le grito—nos tienen sitiados, no creo que lleguemos al punto.
    —hay que avanzar igual Pérez, sostenga la ametrallad. . . . .aaahhhh—grita el sargento, tras recibir el impacto de una daga en su brazo izquierdo, ataque que lo hace soltar la ametralladora.
    Momentos después los arbustos que se encuentran a unos 20 metros comienzan a moverse, tal vez confiados en que ya no habría resistencia alguna de nuestra parte. Arrojo a un lado el FAL, y arremeto con la ametralladora, les apunto y en el momento de apretar el gatillo. Veo que los arbustos se ponen de pié y empiezan a correr hacia nosotros.
    —Ahí les va eso—les grito—, espero les guste el plomo caliente disparando.
    El bramido de la ametralladora los pone en alerta. Por lo que detienen el avance y se esconden. Desde donde estoy solo veo árboles y arbustos quietos. Estoy tan nervioso y deseoso por no morir que vuelvo a arremeter con la ametralladora y esta vez logro matar a dos, haciendo retroceder al resto, incluso algunos se llevan a los caídos. Mientras tanto, del otro lado, mis compañeros luchan a brazo partido contra 5 ingleses, los disparos retumban en la madrugada fría y el destello de las armas son como luciérnagas a la distancia en medio de toda esa oscura, la fe mis compañeros está por el suelo.
    Sargento, necesitamos ayuda de este lado—grita Augusto—son demasiados y están bien ocultos.
    —Vaya Pérez, yo cuido la retaguardia—me dice el sargento al mismo tiempo que colocaba presión en su herida.
    — ¿Está seguro sargento?—Le respondo acomodándome el casco—, me puedo quedar y seguir manteniendo a raya a los asiáticos.
    —Acaso ¡¿le estoy haciendo una puta consulta?! —Me grita lanzándome una mirada destructiva—, es una orden carajo, ¡obedezca!
    —Si señor—Le respondo e inmediatamente me lanzo a ayudar a mis compañeros.
    Al llegar donde se encuentra el cabo Augusto. Me asomo buscando donde se oculta el enemigo, cuando uno de sus disparos impacta de lleno en mi casco. Asustado me arrojo al suelo como si me hubiera dado en el corazón.
    —Agáchese Pérez, —Me dice el cabo al verme tirado como fuera de combate. Haciéndome pensar que debería ordenar sus prioridades—, lo van a matar y nos vamos a quedar con un hombre menos.
    —Si señor—le respondo al mismo tiempo que tomo posición nuevamente.
     —Alto el fuego—dice en voz alta el cabo—, esperemos a que se acerquen, hay que hacer durar las municiones.
    No pasa mucho tiempo después desde el cese del fuego, cuando dos ingleses, bien agazapados, casi pegados al suelo. Se mueven de árbol en árbol, desde donde estoy, puedo verlos sin problemas. Lo miré al cabo y le hago señas para que sepa que estoy viendo 2 en movimiento, lo mismo hago ante los ojos de Alonzo. Ambos asienten con la cabeza. Aprovechando la oscuridad decido seguirlos fusil en mano hasta encontrar la oportunidad de tenerlos a tiro. Avanzo unos metros y aprovechando un descuido de ellos, disparo dándole a uno en la cabeza, justo detrás de la oreja. Doy un par de pasos y otro disparo acertado de mi parte al segundo sujeto solo que a este le doy en el cuello. El bajar a dos ingleses era lo bueno del caso, lo malo, esos dos eran señuelos para dar a conocer mi posición. Lo supe por que luego del segundo disparo, me di cuenta que estoy alejado de mis compañeros. Decidido a volver emprendo la vuelta pero soy sorprendido por otros 3 que estaban, al parecer, esperando agazapados detrás de otros árboles. Me tiran con todo lo que tienen, por suerte, tanto el cabo Augusto como Alonzo responden rápido el ataque.
    —Buen disparo soldado Pérez—Me dice el cabo—, lástima los otros 3, pero eso tuvo su lado bueno, ya que sabemos donde están… cúbranme… voy a salir
    Empezamos a disparar a los árboles que según Alonzo, es lugar de donde se ven los destellos de las armas enemigas.   
    Mientras disparo. Mantengo la atención de los ingleses en nosotros. A la vez que veo como el cabo se mueve rodeando las rocas en cuclillas. Acercándose a los árboles.
    —Vamos compañero—le digo a Alonzo viendo que el cabo casi esta en el punto de donde vienen los disparos—, disparemos, hay que mantener ocupados a estos gringos de mierda.
    Entretenido en disparar. Tratando de darles muerte a los intrusos, perdí de vista al cabo.
   gggggrrrrrrr. . . .— Escucho que dicen detrás de los árboles, seguidos de varios tiros que por el sonido eran de un FAL — ¡Tomen ingleses de mierdaaaaaa!
     Las ganas de cantar victoria me inundan el corazón, pero hasta que no ver salir al cabo no quiero arriesgarme, por que algunos yanquis tienen FAL también.
    —muchachos ayuden al sargento—nos dice el cabo. A la vez que sale de entre los árboles como si nada—, tenemos que seguir el camino, en 4 horas se produce el desembarco.
    Así fue que luego de ayudar al sargento, haciéndole un refuerzo en su vendaje y juntar lo que nos sería útil, nos pusimos en camino y por el siguiente kilómetro no sufrimos ningún ataque por parte de los Gurkas, detalle que llama mucho la atención de todos, pero sobre todo la del Sargento.
    —Soldados, tendremos que dejar de lado el ir al encuentro con el otro pelotón—Nos susurra el sargento.
    Todos nos quedamos mirándonos las caras, confundidos por lo escuchado.
    — ¡soldados tengo cigarrillos, tomen uno cada uno y esperen a que les de fuego!— termina diciendo el sargento y era fácil para él adivinar que no entendíamos nada.
    Cuando nos acercamos para encender el cigarro nos informa que según él los Gurkas nos están siguiendo a paso firme y no nos atacan por que esperan ver si nos topamos con otro grupo para así tratar de matar a todos.
    —La orden que voy a dar ahora—nos dice a la vez que larga humo tanto por la nariz como por la boca—, pero la siguen si así lo prefieren, de lo contrario el que no, puede seguir al encuentro con el otro pelotón, pero debo decirles que los Gurkas lo van a seguir y lo van a matar junto con todo aquel con el que tengan contacto
    El sargento Millar nos salvo el cuello muchas veces, no podíamos dejarlo en esta, así es que todos nos quedamos a hacerles frente a los Gurkas. Nos ocultamos entre los árboles. Previamente colocamos cerca de los árboles objetos personales a modo señuelos, entre ellas el vendaje del sargento. Los Gurkas no tardaron en llegar. Son 3, sus rasgos visiblemente orientales llaman la atención. Visten con pieles y debajo de ellas se puede ver la ropa de combate, cada uno empuña el cuchillo que lo habría descripto el sargento.
    Cuando los tenemos en la mira disparamos en conjunto matando a 2, el tercero, siendo el que venía último como advirtiendo algo, huye. Bajamos de los árboles y por orden del sargento empezamos a revisar el área, el sargento acompañado por el cabo por un lado y por otro Alfonso y yo, ambos en cuclillas y fusil en mano revisamos cada roca, cada arbusto, pero da la impresión que se lo tragó la tierra.
    —Donde estás ojos rasgados—susurro mientras muevo los arbustos con el arma.
    En un momento, Augusto nota un movimiento de ramas cerca de una arboleda, se acerca sigilosamente pero siempre apuntando con su fusil.
    Afuera—Dice en voz alta el cabo—, ¡¡estás rodeado!! !!Afuera dije¡¡
    De repente, como si saliera de la nada. El Gurka salta sobre él clavándole un puñal en el costado derecho, al tener dominada la situación, el asiático se dispone a rematarlo. Desde donde me encuentro al ver semejante situación le apunto, jalo el gatillo, pero el arma se me traba, así es que me lanzo sobre el Gurka, agarrándolo del cuello cayendo juntos sobre el camino pedregoso.
    —Alonso— le grito a mi compañero— sacá al cabo, mientras entretengo al asiático
    Termino de decir eso cuando una patada del Gurka choca contra mi mandíbula, arrojándome a dos metros de él.
    Me levanto y veo que el asiático saca una daga curva, la manipulaba como los maestros de las películas, hace todo tipo de movimientos con ella.
    — ¡Pérez! — Me grita Alfonso arrojándome una daga curva que le quito a uno de los cuerpos de los Gurkas muertos— tomá, es una de las dagas de los otros.
    — ¿Cómo mierda se maneja esto?—pienso mirándola.
     Me distraje un segundo, tiempo suficiente para que el Gurka, enojadísimo, se me venga encima.
    Las dagas chocan haciendo el ruido metálico característico de aquel que está siendo forjado, el asiático es ágil y sobre todo muy diestro, en un momento de los tantos que hicimos chocar las hojas, estás quedan formando una cruz obligándonos a hacer mucha fuerza para liberarnos mutuamente. Siento por un momento que no voy a salir vivo de esta batalla, mis piernas se empiezan a doblar y lo pero de todo es que al parecer el asiático se da cuenta, por lo que empieza a empujarme hasta llevarme contra un árbol, una vez ahí. Saca una segunda daga e intenta con ella atravesarme el costado izquierdo.
    —No me voy a rendir ahora, Gurka—le digo a la vez que retenía su ataque, tanto a mi cuello como a mi costado.
    En ese momento suena un silbato, el sargento, quien estaba apuntando al Gurka cambia de ángulo, y dispara dándole al ingles que comanda al los Gurkas, justo en el pecho. El asiático al escuchar el disparo, duda y en ese segundo aprovecho con las pocas fuerzas que me quedan y giro la hoja de la daga pudiendo cortarle la yugular. Empapándome todo el rostro y ropa con su sangre.
    — ¡Cabo ¿me escucha?! —Escucho que le dice Alonso al cabo Augusto—, ¡cabo, conteste, no se muera por favor!
    Pero no hay respuesta alguna, al menos por un momento después de unos segundos, Alonso nos mira y le pega un cachetazo en el rostro al cabo, y es en ese momento en que este abre los ojos y todos respiramos aliviados.
    — ¿Qué hora es soldado?—solo atina a decir 
    —son las 9 de la mañana, señor—le responde mi compañero.
    —Hay que moverse—le dice el cabo mientras trataba de levantarse, a pesar de que el dolor de la herida se reflejaba en su rostro—, tenemos que encontrarnos con el otro pelotón, para después ir a Fitz Roy.
    Caminamos el camino que nos falta. Cuando llegamos solo vemos al menos, 1 docena de soldados muertos, la mayoría estaba degollado, al parecer fueron sorprendidos mientras dormían, solo hay 3 sobrevivientes que según dijeron, habían salido a dar una vuelta de reconocimiento.
    —Identifíquense—les dice el sargento
    — Cabo primero Gómez, señor—se presentó un oficial alto, completamente desalineado y al parecer lleva varios días sin dormir—. Y ellos son el soldado Padilla, artillero y el soldado Pereyra, médico.
    Una vez identificados y luego de que el médico haya atendido a los heridos. Partimos siguiendo las órdenes de la escala mayor. Cuando nos faltan menos de 500 metros. Vimos pasar aviones aliados que se dirigen en el mismo sentido que nosotros. Seguimos nuestro camino pero esta vez trotando hasta que en un momento empezamos a escuchar un gran bombardeo, a medida que nos acercamos las explosiones se hicieron más estruendosas, nos apostamos a unos cuantos metros y notamos que eran los aviones que vimos pasar, quienes bombardeaban. Segundos más tardes,  un par de explosiones se escucha a varios kilómetros.
    Para cuando estamos a 100 metros, todo había terminado. Fue hundido uno de los buques ingleses, el Sir Galahad donde más de 100 soldados perecieron entre fuego argentino y las explosiones internas de dicho buque.
    Una vez pasado todo avisamos por radio lo sucedido y tanto el sargento como el cabo fueron rescatados y llevados a zona de la Patagonia para que puedan recibir atención medica, en cambio los que nos quedamos, seguimos peleando hasta que la rendición argentina, el 14 de junio, se hizo realidad y sobre todo triste.
    En mi caso, vuelvo a casa, pero muchos de mis compañeros quedaron allá en las islas, siempre los voy a recordar y sobre todo siempre los voy a honrar. . .